Tarde me he dado cuenta de que la he estado cagando más de medio año ya. Porque joder, me he dejado gobernar por el miedo, y el miedo me ha impedido llenarme. Bueno, más que llenarme, estar con quien me llenaba. Ese miedo a que todo saliese mal, ese miedo a que fuese verdad el dicho de «segundas partes nunca fueron buenas», ese miedo a que el sentimiento fuese a más y luego fuese más difícil superarlo. El miedo. El maldito miedo. Siempre el miedo.
Por culpa de ese miedo ya la he perdido. Es tarde. Y mi libertad estaba escondida, porque lo que quería era un yo completo, y ese yo completo no estuvo porque olvidó el carpe diem por vivir en el miedo al futuro. Bueno, más que vivir, morir en él.
Y yo ya estoy muerto en vida, como Neil Perry en El Club De Los Poetas Muertos, pero yo no me pego un tiro. No tengo la valentía como para hacerlo. Ni tampoco la valentía para hablarle e intentar arreglar las cosas. No puedo con este miedo, por mucho que ahora al menos lo sepa analizar. Y es que este miedo me tiene alienado por completo y, aunque sé diagnosticarlo, no sé curarlo. Sí sé, pero no soy capaz. Tendré que viv... morir con esto.
Y he comprendido esto porque ella es lo único que ha podido completar mi vacío existencial. Sólo que antes de estar con ella, no conocía ese vacío, al igual que tampoco conocía la felicidad de sentirme realizado. Pero ahora, después de haber conocido la felicidad pese a todos los malos momentos, soy capaz de conocer el dolor del vacío. Es un dolor muy intenso y constante, pero lo peor de todo es que es indoloro, porque los muertos ni sentimos ni padecemos. Tenemos miedo a la vida. Y ya es tarde. Tarde.
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sábado, 15 de agosto de 2015
lunes, 16 de febrero de 2015
Yo contra mí
— Oye Juanjo, he estado pensando en como estamos, y...
— Mal Juanjo, no pienses.
— Pero, ¿por qué? Nos merecemos estar bien, y para encontrar la solución a un problema, habrá que localizar antes el foco de dicho problema, ¿no?
— Si lo sé, pero no nos hace bien buscar ese foco. No hace más que autodestruirnos poco a poco, y ya tenemos mucha mierda como para hundirnos en nosotros mismos.
— Ya, pero...
— Pero nada Juanjo. Tendremos que soportar este dolor tan indoloro, esta mediocridad constante, este vacío. Si usamos el tiempo en teorizar como sentirnos completos, luego no nos quedará nada de ese tiempo en aplicar lo pensado. Vamos a vivir, reflexionando cuando se requiera, pero no porque sí, no sin motivo. Tenemos que ser fuertes para poder permitirnos pensar a la ligera. Y Juanjo, no lo somos. Nos acercamos a ello, pero sólo somos un sucedáneo de fortaleza. Porque el antiguo Juanjo, ese al que desterramos, dejó marca. Éramos tan débiles, que difícilmente podremos alcanzar algún día plena fortaleza. Muchas veces, tú y yo tenemos claras las cosas, pero la falta de confianza que nos dejó ese maldito bastardo con el que compartíamos cuerpo, se ha quedado como si de un virus letal se tratase. Y afectó mucho, porque él gobernó este desgobierno que somos mucho tiempo. Nosotros sólo estamos aquí meses, como mucho un año, y hemos de reformar esta mierda que heredamos. Y vamos lo más rápido que podemos, pero eso sigue siendo despacio. Por eso no tenemos que perder el tiempo en comernos la cabeza, porque tenemos que actuar. Ya improvisaremos por el camino. Es arriesgado improvisar sin un plan, pero es nuestra única arma para alcanzar la plenitud. Vamos a ser fuertes, vamos a ser felices, vamos a ser.
— ...
— .
sábado, 31 de enero de 2015
Quizás encontré la dirección, pero perdí el norte
Estaba en medio del bosque, y no sabía como escapar de él. El viaje de mi vida seguía, y yo no podía fenecer allí. Quedaba mucho por recorrer y andar. Las fuerzas flaqueaban. Y allí sólo se atisbaba oscuridad.
Pero, cuando menos lo esperaba, apareció ella. Mi ninfa. La única. Se atrevió a hablarme, pese a mis harapos. Se atrevió a caminar conmigo, pese a los senderos por los que pasé. Se atrevió a confiar en mí, pese a mi pasado. Se atrevió a quererme, pese a su frialdad. A todo se atrevió, por y a pesar de todo. Mi camino poco a poco se esclarecía, las zonas mas tenebrosas del bosque quedaban atrás, pero ella seguía allí. Y de repente, cuando ya salí del bosque, ella abandonó su coraza, el bosque que la amparaba, y proseguimos mi camino juntos. Nuestro camino a partir de dicho momento.
Y fue mía. Y fui suyo. Y fuimos nuestros. Y así, a partir de ahí, el viaje seguía por bellos y luminosos paisajes. La luz abundaba en el cielo y en nuestros corazones. Me esforzaba muchísimo por ella, porque la quería a rabiar. Y ella lo intentaba corresponder, pero su frialdad se lo impedía, lo que me generaba impotencia a rabiar.
Y rabia sentí cuando la ninfa se despidió. La síntesis de mi calidez con su frialdad generó un contraste térmico que acabó por agobiarla. Y ahí me dejó. Me hundí. Me sentí desamparado. Me sentí impotentemente rabioso. Me sentí rabiosamente impotente. Era el adiós. Antes de ella estaba sumido en la oscuridad. Y no quería volver a dicha oscuridad. No.
Pero yo la quiero. Ella me quiere. Nos queremos. Y lo sé. Y lo sabe. Y lo sabemos. Yo lo pasaba mal, obviamente, pero ella igual de mal o peor. Porque se despidió queriéndome. Y no hay peores te quiero que los que no se dicen en voz alta. Y ella ya no podría decirlos. Es duro. Me cuesta. Le cuesta. Nos cuesta. Yo voy hacia una dirección por el sendero, y ella retorna en la dirección opuesta. Y opuestas también son nuestras maneras de actuar, de cicatrizar, de sobrevivir. Yo recurro a la búsqueda de otra ninfa que me ilumine el camino. Ella quiere volver a la coraza de su bosque. Y no soy malo por buscar a otra ninfa.
El camino sigue. Y sé que sin apoyos, mis fuerzas decaerán. Y sé que podría apoyarme en la amiga brisa, o en el familiar sol, pero por muy perfectos que sean, no me completan. Necesito a mi ninfa. Pero ella ya no es mía. Y me es hostil. Piensa que no la quise por estar buscando a otra ninfa. Piensa que la utilicé para salir del bosque. Y se equivoca. Y llora. Y quiere ser fuerte. Le cuesta tanto o más que a mi. Ella me esquiva a mí, pero habla por las noches con mi gran sombra, sombra con la que la obsequié en su día. Me duele verla así. Nos dijimos cosas feas al terminar. Yo me arrepiento. Y quiero creer que ella también.
Podrá haber otras ninfas en mi vida, pero ninguna ocupará su lugar. Podré querer a otras, pero no dejaré de quererla a ella. Podré avanzar miles de kilómetros en el camino, pero no olvidaré los que fueron recorridos con ella. Porque me hizo feliz. Y me quedo con esos momentos idóneos. Y no lo niego, ya he conocido a la que pudiera ser la futura ninfa, pero eso no quita que no duela. Todo lo contrario. Duele. Mucho. Sólo quiero volver a estar iluminado. No pido tanto. Sé que no lo comprendes. Sé que tú no estás buscando a otro a quien acompañar en tu viaje. Pero esto es derivado de mi calidez y tu frialdad.
Quizás no debí ser tuyo. Quizás no debiste ser mía. Quizás hubiese sido mejor que quedase todo en una sencilla amistad. Sólo compañeros de viaje, no de sentimientos como también fuimos. Aunque si lo nuestro fue un error, volvería a errar. Porque te quiero. Siempre lo hice. Siempre lo haré.
Ahora sigo mi sendero hacia el norte, con mi búsqueda de una ninfa que me reconforte. Y tú retornas hacia el sur, a tu coraza, que no me permitirá entrar. Me hiciste encontrar la dirección norte, pero me hiciste perder el norte.
Espero que logres perdonarme por todo lo malo que pude hacer. Ahora solo busco sobrevivir, y que sobrevivas. Ambos no son muy compatibles. Puede que ahora esté siendo algo egoísta. Y perdónamelo. Es el miedo lo que me hace actuar anteponiéndome a mí. El miedo a sumirme de nuevo en la oscuridad. Pero te quiero. Espero que lo superemos y que en un futuro podamos volver a ser compañeros de viaje. Y espero que logres sobreponerte a todo esto, porque te mereces todo lo bueno y más.
No ha sido un final feliz, pero porque no existen los finales felices. Aunque quizás fue lo mejor, ya que tu mirada ya no brillaba,
ya no lucía.
Pero, cuando menos lo esperaba, apareció ella. Mi ninfa. La única. Se atrevió a hablarme, pese a mis harapos. Se atrevió a caminar conmigo, pese a los senderos por los que pasé. Se atrevió a confiar en mí, pese a mi pasado. Se atrevió a quererme, pese a su frialdad. A todo se atrevió, por y a pesar de todo. Mi camino poco a poco se esclarecía, las zonas mas tenebrosas del bosque quedaban atrás, pero ella seguía allí. Y de repente, cuando ya salí del bosque, ella abandonó su coraza, el bosque que la amparaba, y proseguimos mi camino juntos. Nuestro camino a partir de dicho momento.
Y fue mía. Y fui suyo. Y fuimos nuestros. Y así, a partir de ahí, el viaje seguía por bellos y luminosos paisajes. La luz abundaba en el cielo y en nuestros corazones. Me esforzaba muchísimo por ella, porque la quería a rabiar. Y ella lo intentaba corresponder, pero su frialdad se lo impedía, lo que me generaba impotencia a rabiar.
Y rabia sentí cuando la ninfa se despidió. La síntesis de mi calidez con su frialdad generó un contraste térmico que acabó por agobiarla. Y ahí me dejó. Me hundí. Me sentí desamparado. Me sentí impotentemente rabioso. Me sentí rabiosamente impotente. Era el adiós. Antes de ella estaba sumido en la oscuridad. Y no quería volver a dicha oscuridad. No.
Pero yo la quiero. Ella me quiere. Nos queremos. Y lo sé. Y lo sabe. Y lo sabemos. Yo lo pasaba mal, obviamente, pero ella igual de mal o peor. Porque se despidió queriéndome. Y no hay peores te quiero que los que no se dicen en voz alta. Y ella ya no podría decirlos. Es duro. Me cuesta. Le cuesta. Nos cuesta. Yo voy hacia una dirección por el sendero, y ella retorna en la dirección opuesta. Y opuestas también son nuestras maneras de actuar, de cicatrizar, de sobrevivir. Yo recurro a la búsqueda de otra ninfa que me ilumine el camino. Ella quiere volver a la coraza de su bosque. Y no soy malo por buscar a otra ninfa.
El camino sigue. Y sé que sin apoyos, mis fuerzas decaerán. Y sé que podría apoyarme en la amiga brisa, o en el familiar sol, pero por muy perfectos que sean, no me completan. Necesito a mi ninfa. Pero ella ya no es mía. Y me es hostil. Piensa que no la quise por estar buscando a otra ninfa. Piensa que la utilicé para salir del bosque. Y se equivoca. Y llora. Y quiere ser fuerte. Le cuesta tanto o más que a mi. Ella me esquiva a mí, pero habla por las noches con mi gran sombra, sombra con la que la obsequié en su día. Me duele verla así. Nos dijimos cosas feas al terminar. Yo me arrepiento. Y quiero creer que ella también.
Podrá haber otras ninfas en mi vida, pero ninguna ocupará su lugar. Podré querer a otras, pero no dejaré de quererla a ella. Podré avanzar miles de kilómetros en el camino, pero no olvidaré los que fueron recorridos con ella. Porque me hizo feliz. Y me quedo con esos momentos idóneos. Y no lo niego, ya he conocido a la que pudiera ser la futura ninfa, pero eso no quita que no duela. Todo lo contrario. Duele. Mucho. Sólo quiero volver a estar iluminado. No pido tanto. Sé que no lo comprendes. Sé que tú no estás buscando a otro a quien acompañar en tu viaje. Pero esto es derivado de mi calidez y tu frialdad.
Quizás no debí ser tuyo. Quizás no debiste ser mía. Quizás hubiese sido mejor que quedase todo en una sencilla amistad. Sólo compañeros de viaje, no de sentimientos como también fuimos. Aunque si lo nuestro fue un error, volvería a errar. Porque te quiero. Siempre lo hice. Siempre lo haré.
Ahora sigo mi sendero hacia el norte, con mi búsqueda de una ninfa que me reconforte. Y tú retornas hacia el sur, a tu coraza, que no me permitirá entrar. Me hiciste encontrar la dirección norte, pero me hiciste perder el norte.
No ha sido un final feliz, pero porque no existen los finales felices. Aunque quizás fue lo mejor, ya que tu mirada ya no brillaba,
ya no lucía.
Etiquetas:
Pensamientos
Publicado en
Cartagena, Región de Murcia, España
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